Escúllar: el pueblo escondido

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Como un gato agazapado, Escúllar es una población que junto a Ocaña y Doña María forman el municipio de Las Tres Villas. Unas casas arracimadas en una ladera que parece estirarse para recoger los rayos del sol en unos inviernos que no es raro verla cubierta de nieve y en unas primaveras engalanadas con la flor del almendro. Acercarse a ella puede depararnos estas sorpresas:

Unas calles en escalones
La carretera serpentea para llegar a Escúllar y en ella misma parece abrazarla en uno de sus escalones, donde las casas muchas de ellas de lascas de pizarra y tejados de vigas de olivo, se nos aparecen como amontonadas. Si dejamos el coche veremos, la placita de la iglesia de la Concepción (s.XVIII) abajo y su minúscula dependencia municipal y si miramos arriba, veremos la cima de la montaña coronada por las hélices de los molinos de viento para la energía eólica.

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El puente más bonito

Pasado el pueblo, una carreterilla que luego termina en una pista de tierra, nos lleva a una maravilla. La línea ferroviaria de Linares a Almería es sin duda una de las que pueden presumir de puentes espectaculares pues la orografía es abrupta y agreste y obliga a soluciones arquitectónicas espectaculares. Una de ellas es el puente en curva, de 190 metros de longitud y de estructura metálica estilo Eiffel, que salva la imponente rambla de Escúllar y le da una belleza plástica espectacular. Al lado de él, encontraremos restos de un antiquísimo cargadero de mineral y el apeadero en ruinas.

¡Qué vistas, oiga!

En vez de ir hacia el pueblo podemos seguri la caretera que nos llevará hasta el puerto de Escúllar y desde allí, en días claros, tendremos a nuestra vista las Sierras de Alhamilla, Gádor y Nevada, además de la costa almeriense al Sur. Una pasada.

Fiestas de guardar

Escúllar tiene tres eventos muy señalados como son sus fiestas de la Inmaculada concepción en diciembre, la de Verano en torno al 15 de agosto y el Día de la matanza, el 28 de febrero.

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Sobre el autor

Es el oteador de este galeón pirata. Catalejo en mano, nada más llegar a puerto, se adentra en terreno desconocido para descubrirnos enclaves espectaculares cuya existencia es ignorada, incluso, por los propios lugareños. Tiene el don de retratar en forma de dibujos aquello que ven sus ojos y que otros ni imaginan. Ahora bien, le pierden las fiestas populares y si coinciden con alguna de sus expediciones, su regreso puede durar días.